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En los primeros años del siglo XX hubo en Sahagún y todos los pueblos circundantes un gran auge en el cultivo del viñedo debido a la fundación de un gran sindicato que popularmente se llamó la bodega.

Su fundador y alma mater fue Don Gerardo del Corral perteneciente a una de las familias más acomodadas de Sahagún, cuyo rancio abolengo se remonta a los tiempos de la desamortización de Mendizábal y la familia de Corral compró la extraordinaria huerta que los frailes tenían dentro de la misma abadía benedictina, de su bien trazada presa que se nutría de las aguas del Cea y que regaba la mejor tierra de su vega y de una fábrica de harinas y dos molinos maquileros que funcionaban con el agua de la misma.
Actualmente esta familia conserva la amplísima panera donde se almacenaba el trigo de los “diezmos” pagados por toda esta comarca y una noble casona junto al arco de entrada de la abadía.

Los cronistas modernos de la villa de Sahagún que he leído y actualmente he escuchado en televisión, no hacen ninguna referencia injustamente ni tan siquiera histórica a este miembro de la familia Corral, que con la fundación del sindicato, consiguió moderar de alguna manera la fama de capitalistas y usurpadores que tenían.

Con gran visión de futuro y gran espíritu filantrópico y desprendido, este gran hombre procuró siempre favorecer a las clases humildes, proporcionándoles los medios, para que con su trabajo, llegaran a ser propietarios de un buen lote de majuelos. Por el mero hecho de hacerte socio, el sindicato te proporcionaba los injertos para plantar, te “esfondeaba” la finca que también te ayudaba a comprar o cambiar y después de cuatro o cinco años empezabas a pagar, con un pequeño descuento anual, en uva entregada en la bodega y producida por las mismas viñas plantadas.

Con estas inmejorables condiciones los socios se multiplicaron y se montó una bodega-almacén con los más modernos métodos de vinificación. En dos amplias naves se montaron modernos tinos de almacenaje. Frente a ellas un amplio descargadero cuya tramoya terminaba en un sinfín que trasportaba la uva a una máquina centrífuga que eliminaba el rampojo y aplastaba a esta sin moler la pepita y el hollejo. Esta especie de papilla resultante de uva y mosto mezclados se depositaba en unos noques escurridores, donde por su propio peso el mosto se separaba sin ser forzado por ningún prensado posterior.
La parte técnica de vinificación la llevaba un titulado enólogo, popularmente llamado el bodeguero, que con la ayuda de empleados, verificaba el grado de la uva en su entrada y posterior manipulación del vino.

En San Nicolás y Moratinos también hubo socios que plantaron viñas con estas ayudas y recuerdo comentar a mi madre, que en plan de diversión juvenil acudían los domingos a montar en la gran camba del arado “malacate” con el que removían las futuras viñas.
Una máquina de vapor económicamente alimentada con las antiguas cepas o por leña, movía un potente cable que con el apoyo de una polea clavada fuertemente en la tierra arrastraba al malacate en un movimiento de ida y vuelta.
La profundidad que este gran arado daba a la tierra era aproximadamente de un metro, lo suficiente para que la raíz de la planta se extendiera uniformemente por todo el terreno. Esta gran labor de subsolado aventajaba a la que a mí me tocó de abrir hoyas, en la que no se mueve más que parte de la finca. Para plantar, una vez alineada la tierra, con una estaca se hacía un agujero en la tierra y por él se metía el injerto.
Para proveer de estos a las muchas plantaciones que se realizaban, el sindicato tenía una gran finca en la vega donde se cultivaban y regaban los barbados.

Recuerdo una anécdota que me contó un competente viejo de mi pueblo, ya fallecido que le tocó trabajar en esta finca. Cuando Don Gerardo inspeccionaba las labores de injerto y plantación observó que la cuadrilla de mujeres que iba adelante colocando los injertos, al ir agachadas sus faldas dejaban al descubierto partes elevadas de sus piernas que excitaban las miradas de las cuadrillas de hombres que iban detrás dándoles tierra. Para evitarlo mandó a las mujeres que los mandiles de labor, que entonces llevaban todas las amas de casa, se los pusieran a la espalda para que, bien caídos, taparan lo que las faldas no conseguían.
Pensando este detalle considero que este señor, que en la dirección del sindicato dio sobradas pruebas de rectitud y desprendimiento, además de práctico tenía, como buen caballero, gran estima por conservar la ética y buenas costumbres.
Hablando de buenas costumbres, quizá los jóvenes de hoy opinen que todo esto de los mandiles se hubiera solucionado poniéndose las mujeres unos simples pantalones. Recordaré que entonces ponerse pantalones una mujer era una herejía contra la feminidad e incluso cuando se tenía que montar en alguna caballería, había que hacerlo con las piernas para el mismo lado “a mujer” que se llamaba, como podéis ver en algún cuadro antiguo lo hacían las reinas, que usaban sillas especiales buscando mayor comodidad.
Incluso con faldas amplias o de pantalón la que montaba “a hombre” era muy criticada y se le decía que “partía el bacalao” o que iba “a cajitones”.

Recuerdo sobre esto, que cuando las hijas de Don Ignacio, un coronel retirado que tenía una finca cerca de Sahagún, venían a pasear a caballo en perfecto traje de amazonas que por cierto las asentaba muy bien por su talle esbelto, todas las comadres de Sahagún al verlas pasar exclamaban: “Ya están ahí las frescas de Don Ignacio”, y otras lindezas por el estilo, sólo por montar a hombre, y no podrían imaginar que una de ellas llegaría a ser la mujer de Fraga Iribarne.
Retomando el tema diré, que a la muerte del señor del Corral, tomó la dirección uno de tantos listillos que por desgracia abundan también en las cooperativas actuales, que haciendo una escandalosa ostentación de su riqueza esquilmó el sindicato y todos sus compinches fomentaron tal corrupción que todos los socios y amigos de ellos se hincharon a echar agua en la uva del serón, seguros de que cuando descargaran no iba a ser graduado.

En pocos años toda la gran obra se fue al traste y para pagar las deudas tuvieron que vender todas las instalaciones a un bodeguero particular, que en lo que vivió obtuvo buenos resultados. A su muerte su hijo se arruinó y lo vendió a unos constructores que dedicaron su amplio solar a casas, y las dos naves principales a garaje de maquinaria.


Escribiendo esto me acerqué un día a precisar el año de la fundación de la bodega, y llevé una gran desilusión al no poder contemplar un hermoso mosaico, que en la fachada principal proclamaba orgulloso el nombre de su fundador y fecha de constitución.

No sé si es ignorancia o incuria lo que nos invade a todos por conservar las cosas antiguas y no nos damos cuenta como en este caso, que el conservar dicho mosaico hubiera sido para los despreocupados constructores, la mejor propaganda de su barrio de casas.

Modesto Celada (Moratinos) 2017

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