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SAHAGÚN DURANTE LA GUERRA DE LOS COMUNEROS DE CASTILLA

Finalizado en 1518 el primer mandato de Fr. Gaspar de Villarroel, fue elegido para el mismo cargo por segunda vez, según lo acordado en el Capítulo privado de Cardeña a 26 de julio de 1515, el que fuera convocado justamente para solventar el problema de las reelecciones de los abádes, que no había podido ser resuelto en el general del mes de abril de aquel mismo año. Y vamos a detenernos en los dos últimos años de esta administración abacial en Sahagún de Fr. Gaspar de Villarroel, cuando la Villa se vio envuelta en los frentes de la guerra de los Comuneros de Castilla, bajo la mano imperial –todavía inexperta- de Carlos I. Luis Fernández Martín estudia pormenorizada y documentalmente los factores y sucesos de aquel levantamiento por Tierra de Campos, cuyo escenario bélico se encuadró entonces con Sahagún y Carrión de los Condes al norte, con Astudillo y Palencia al este, con Villar de Frades y Castronuevo al sur, con Villafáfila y Castrogonzalo al oeste. Guerra de los Comuneros, que tuvo su punto álgido de sangre, de pillaje y de saqueo con el incendio de Medina del Campo por las tropas de Antonio de Fonseca el 21 de agosto de 1520, cuando a la ciudad acudió a pedir cañones y pertrechos de batalla aquél para combatir a las Comunidades de Castilla, atrincheradas en Segovia; y, habiéndoselas negado la fortalecida villa imperial, sus iras la redujeron a pavesas.

Ejecución de los comuneros de Castilla, obra de Antonio Gisbert Pérez, 1860

El caudillo más valiente, aguerrido y locuaz por Tierra de Campos, fue, sin duda, el obispo de Zamora, don Antonio de Acuña, quien anegó de robos y desasosiegos los poblados que se le resistían, desde el 23 de diciembre de 1520 al 27 de enero de 1521, según provisiones que le habían extendido los componentes de la Junta Santa de Valladolid. Bien es verdad que, en un principio, los moradores de Tierra de Campos vieron en Acuña al redentor de sus males, acrecentados por la presión fiscal, por el despotismo de señores de behetría y mayorazgo, por ver que los señores eclesiásticos otorgaban prebendas y beneficios solo en favor de personas con ellos comprometidas,  y por el cansancio de ver sus poblados y sus villas con prolongados aposentamientos de soldados que les encarecían la vida y les quebrantaban la intimidad familiar y el sano disfrute familiar con violencias, riñas y pillajes; pero, cuando el licenciado don Francisco de Lerma –como alcalde mayor del adelantamiento de Castilla- se presentó un día en sus frentes, con una provisión para los Concejos de Palencia, Sahagún, Carrión, Becerril, Monzón, Cisneros y Saldaña, exigiendo de parte de los gobernadores imperiales la paga inmediata de alcabalas, tercias, bulas y cruzadas, bajo la amenaza de que volverían a pagarlas por duplicado si no lo hacían ahora, los ánimos de aquellos campesinos se fueron resfriando en desencantos, máxime cuando constataron que Acuña les había abandonado ya a su suerte.

Por alto pasamos los entreveros de aquella cruzada que finalizó el 23 de abril de 1521 y junto al poblado de Villalar, donde fueron batidas las fuerzas comuneras por los frentes imperiales comandados por Gutierre de Quijada, como jefe de la infantería, por Miguel de Herrera, alcalde la fortaleza de Pamplona y como jefe de la artillería, y por Baltasar Alonso de Grajal –vecino y alcalde de Grajal de Campos- como jefe de lanceros, al servicio de su señor Juan de la Vega, Conde de Grajal, Padilla, Bravo y Maldonado fueron ajusticiados al día siguiente en Villalar, mientras en obispo Acuña se hallaba ya en Toledo, avizorando alcanzar la mitra arzobispal. Y por alto pasamos aquellos entreveros históricos –repetimos- para centrarnos en lo ocurrido en Sahagún por esos días. Porque Sahagún se mantuvo fiel a la corona todo el tiempo que duraron las alternativas campales, aunque no faltaron allí grupos de vecinos que –adeptos a la Junta- con uno u otro pretexto promovieron alborotos en la Villa e intentaron mayores audacias, que la política del abad y la habilidad de uno de sus alcaldes lograron evitar, según apunte de Fernández Martín.

Con todo y a los principios de 1520, Fr. Gaspar de Villarroel y los monjes de Sahagún expusieron a los Virreyes que la abadía tenía siete lugares en Tierra de Campos, los que estaban fatigados por la mucha gente de armas que –de continuo- se aposentaban en ellos, y de entre los cuales era lugar muy principal Santervás, de donde se proveía el abadengo. Algunos días más tarde los Gobernadores estudiaban el caso; y, a 20 de junio de ese mismo año, teniendo en cuenta la importancia de la abadía y ser muy adepta a la corona, ordenaban a García Alonso de Ulloa que, como veedor general de la gente de guardias, no enviase más gente de armas como huéspedes de Santervás de Campos, granero principal del abadengo. Y todavía en 1520 llegó al Consejo real una queja que rubricaban el abad y el alcalde de Sahagún, la que llevó a la corte Hernando de la Puerta –vecino muy honorable de la Villa- sobre movimientos clandestinos de facciones comuneras, cuyos integrantes promovían altercados y desórdenes, entrando y saliendo, a altas horas de la noche, de una casa de juego, que daba a la plaza pública de Sahagún. Sin entrar en mayores causales, el Consejo real dictó una nueva provisión, ordenando clausurar aquel tablero de juego en la nocturnidad de la Villa.

Pero es en los comienzos de 1521, cuando Fr. Gaspar de Villarroel y el alcalde de Sahagún apretaron más los cercos de sus vigilancias y adhesiones imperiales, para que la Villa se siguiera manteniendo fiel a la corona, mientras algunos hombres de Sahagún engrosaban las huestes de Rodrigo Alonso de Pimentel, conde Benavente, al tiempo que otros –por injurias y desencantos- se habían pasado al ejército de los Comuneros con armas y bagajes, desertando de sus filas. Resultado de ello fue que Sahagún tuviese que sufrir los peligrosos merodeos de Juan de Mendoza –capitán general en Tierra de Campos por la Junta- quien, habiéndose presentado en Carrión de los Condes con 2.000 hombres de a pie, venía exigiendo a sus moradores un contingente de peones para las huestes de las Comunidades, así como las rentas reales. Pero he ahí que don Luis de la Cerda le siguió los pasos con gente de a pie y también de a caballo, circunstancia que obligó al caudillo comunero a abandonar a Carrión; y corrió hasta Sahagún, y llegó hasta Villacidy con algunos tiros que llevaba lo batió y entró por fuerza de armas y diolo a saco. Desta manera iban creciendo los males y acabamientos del reino.

Y fue en los entreveros de esta incursión comunera, cuando se echó de ver la habilidad y la pericia del bachiller Torrecilla, alcalde de Sahagún, para sortear una difícil situación que se le planteó en la Villa. De ello nos da fe un proceso existente en el Archivo de Simancas, cuyo contenido extracta Luis Fernández Martín. Pues resulta que, a primeros de marzo de 1521, unos escuderos del ejército real de Sahagún, cuyos nombres eran Pedro Buiza y Antonio Collantes, se toparon en el campo –entre Bercianos y El Burgo- con otros dos escuderos de las huestes de la Junta, que se decían Areste y Rejón, proveniente el último de los Gelves. Llegáronse los escuderos realistas a los comuneros y exclamaron: ¡Mueran los traidores: Si sos del rey, dad acá  la capa; y si sos del diablo o de papa, dad acá la capa! A la voz de aquella consigna, los comuneros huyeron a toda prisa. En su persecución, trotaron Buiza y Collantes; y, así que les dieron alcance, se trabaron en singular combate, hasta derribarles de sus cabalgaduras, apoderándose de ellos, junto con todo lo que llevaban, entre lo que eran más saltante una carta de mensaje, dos espadas e una lanza gineta con sus fruecos e una lanza de armas. Sabido lo cual en Sahagún, ciertos vecinos, afectos a las Comunidades, se alzaron en algarada de exterminio, saqueando las haciendas y las casas de Pedro Buiza y de Antonio Collantes, nos relata el proceso en su acusación.

El resultado fue que los vecinos de Sahagún, que son por la Comunidad, les tomaron cuatro cubas de vino y otros muebles con mano armada, y en son de alboroto y a voz de Comunidad entraron en las dichas casas y tomaron hasta otras seis cubas de vino y ropas, armas, atavíos, un caballo y otros enseres, afirmaba uno de los testigos en el juicio de Medina del Campo, mientras otro así exponía ante los jurados:

“Se alteró y escandalizó todo el pueblo; y otro día, martes de mañana, que era de antroido, vinieron a llamar a este testigo, haciéndole saber cómo estaba alterada la Villa; y cuando llegó a la iglesia de Santo Tirso, halló mucha gente y al alcalde Torrecilla dando voces que tal cosa como aquella no se consintiese y que lo castigase y vendiese los bienes de aquellos que habían hecho el dicho despojo. Decían todos: Vamos a tocar la campana de Santiago, y juráronse todos; y vamos a derrocarles las casas de Pedro Buiza y Antonio Collantes”.

Mientras tanto, un tercer testigo en el proceso, de esta manera salía por los fueros y la gallardía, por la entereza y la fidelidad del alcalde Torrecilla puesto en trance tan difícil.

“Vi a Torrecilla tener la vara con mucha templanza e sufrir a todos porque no se levantasen en comunidad; el dicho alcalde (Torrecilla) lo destorbaba tanto que dezian mucho mal del dicho Torrecilla, Alcalde, porque no los dexaba ser de la Comunidad”.

De donde se concluye que, por excepción, Sahagún no fue comunero de entres los muchos y más variados pueblos de Tierra de Campos; pero ello se debió a las dotes de gobierno de un alcalde valiente y fiel, quien –en momentos muy críticos- logró tener en sus manos las riendas de un vecindario que casi se le escapaban. Tal es la conclusión a que llega Fernández Martín, siendo alto exponente de su diplomacia la medida de permitir la venta del vino robado a Buiza y a Collantes, para distraer la atención de los rebeldes que pretendían –nada menos- que derrocar las casas de quienes habían descubierto y echado por tierra mensajes de malandanzas, en la llamada Junta Santa, por campos inmediatos a Sahagún.

Juan Manuel Cuenca Coloma.- Sahagún Monasterio y Villa 1085-1985. Pág. 138 a 142

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