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La Virgen de Sahagún

Si las Crónicas Anónimas de Sahagún y los diplomas de su cartulario son clara fuente de investigación lingüística en la formación del habla castellana. la Virgen de Sahagún y el mausoleo funerario de un hijo del conde Ansúrez -quien por estos días fue sepultado en San Facundo- son rico exponente del arte y la cultura representativa de España en los siglos XI y XII.

Justamente al siglo XII pertenece el bajo relieve de mármol que representa a la Virgen con el Niño Dios en su regazo, contemporáneo de las más antiguas obras de arte que se conservan de la abadía de Sahagún. En un principio debió ocupar lugar de preferencia cultural, quizás en la capilla de Nuestra Señora; pero, en las vicisitudes históricas que azotaron la extinción del abadengo y su basílica, promediado el siglo XIX, aquel bajo relieve vino a parar al centro de una ventana tapiada de la iglesia parroquial de San Tirso, para cuyo punto no había sido hecha, nos  subraya Rada y Delgado. Por ello y con muy buen criterio, hacia 1850, las autoridades municipales de Sahagún la hicieron retirar de allí, llevándola a León el distinguido artista don Ricardo Velázquez Bosco -individuo de la comisión de Monumentos de aquella ciudad-, pasando luego, con loable y gran desprendimiento de esa entidad y a instancias del erudito don Juan de Dios de la Rada y Delgado, al Museo Arqueológico Nacional de Madrid en 1869. Así nos lo relataba este mismo año y en un estudio de hondo saber el propio Rada y Delgado.

El bajo relieve es prototipo de la fusión de elementos latinos y bizantinos, con que el románico produjo en España obras de gran importancia histórica. Tal se nos muestra en la Virgen de Sahagún, cuando los pliegues se disponen al modo de la estatuaria griega, influenciada por la asiria, ofreciéndonos a María, no ya con las manos levantadas y en actitud orante, sino sosteniendo a su divino Hijo sobre sus rodillas, al tiempo que ella lo muestra a la contemplación de los fieles. Con la particularidad -seguimos espigando flores en aquel estudio- de que la Virgen lleva en la frente una corona, parecida a la que tienen los crucifijos de la misma época, cual si el artista anónimo hubiera querido expresar la idea del Cristo triunfante, aplicándosela a su Madre. Corona que está formada por un grueso aro, -algún tiempo- tuvo incrustadas piedras preciosas, ágatas o jaspes, para imitar las piedras finas de las coronas de oro, al tiempo que lleva encima un adorno de flores de lis.

Si la figura de la Madre viste así esplendencias, el Niño tiene la mano derecha levantada, en actitud de bendecir, mientras con la izquierda sostiene un libro, en el que el artista debió querer significar el Nuevo Testamento, llevando también  corona de un solo aro, con las mismas señales de haber tenido piedras engastadas, señales que asimismo se admiran, adornando el escote de las túnicas de Madre e Hijo, el igual que tres más en el pecho de éste. Piedras preciosas que también debieron tener incrustadas las cuencas de los ojos de ambas figuras, dándolo así a entender el plano liso y toscamente labrado, que se ve ciscunscrito por la línea de los párpados.

Tanto la figura de la Virgen como la del Niño llevan nimbo; pero, al igual que en las monedas bizantinas, sólo es crucífero el de el Niño Jesús, estando la Madre sentada en una silla curul plegable y en forma de X, de tradición netamente romana, con lo que el artista anónimo ofreció a la Reina del Cielo el asiento que ocupaban los reyes de la tierra. Con todo y a diferencia de otras figuras esculturales de esta época, el traje de la Virgen con el Niño de Sahagún es solamente una túnica interior y otra más corta, sobre la misma, con anchas mangas, así como es diferente el calzado de la Madre, pues el Niño lleva los pies descalzos y cayéndole la toca de la Madre sobre los hombros. Finalmente, es típica de los monjes de Sahagún la inscripción que -en la parte superior derecha, al lado de la cabeza de María y sobre el plano liso del mármol, que pudiéramos llamar campo de relieve- lleva grabada, en métrica vertical, la siguiente leyenda:

RES MIRA-NDA SAT-IS BENE-COMPLA-CITVR A-BEA-T-I-S

Si la Virgen de Sahagún es faro de luz a la escultura de España en aquel siglo XII, de finales del XI es la tapa del sarcófago, de mármol blanco y a dos vertientes, que cubría el sepulcro de Alfonso, hijo del conde Pedro Ansúrez y de su esposa doña Eilo, los egregios fundadores de Valladolid, y de tanta resonancia en las escrituras de Sahagún por estos días. En 1093 había muerto Alfonso, dándole sepultura en San Facundo, porque entonces la mayor parte de la flor y poderío y nobleza de España se hallaba aquí en Sahagún, pues el rey don Alonso solía casi todo el año residir en los palacios que estaban edificados junto a este Monasterio.

Quizás aquellos condes tenían determinado también su sepultura en San Facundo, como se desprende de la escritura 134 de Escalona. De todas formas, allí fue sepultado su hijo en un mausoleo, cuyo es el memorial a que venimos refiriéndonos, y que nos muestra a un joven descalzo y con cabellos largos, que asciende a la gloria, representada por un manto de estrellas, de la que surge la diestra del Señor, leyéndose encima y con letras mayúsculas francesas del siglo XI lo siguiente:

DEXTRA XPI. BENEDICIT ANFUSU DEFUNCTÚ.

Detrás va un águila real, con un libro entre sus garras, y esta leyenda:

SCS. JOH. EVANGELISTA

Síguele un ángel volando, con su leyenda y cruz, que dice:

MICHAEL. ARCANGELUS

Y otro ángel más -incensando- lleva como leyenda de su quehacer:

GABRIEL. ANGELUS.

Todo ello en la primera de aquellas dos vertientes; pues, en la segunda, van cuatro ángeles volando hacia el centro, son sus libros y un gran cáliz que -subrayado- expresa CALIX, mientras a las figuras acompañan las siguientes leyendas:

RAPHAEL ANGLS - MARCUS ET LUCAS EVANGELISTE - MATHEUS EVANGELISTA

Leyéndose a todo lo largo del espinazo sepulcral, el siguiente epitafio:

+ IN ERA MCXXXI VI ID'DECBS. OBIIT AN(FOS PETRI ASSUREZ COMITIS) ET EILONIS CARVS FILIUS+

De su parte, Pijoán nos ofrece la noticia de que la làpida de Alfonso estuvo en el cementerio de Sahagún sirviendo de losa a una tumba moderna, de donde la recogió Kingsley Porter para el Fogg Museum de la Universidad de Harvard. Allí estuvo expuesta en el centro de la sala románica, como pieza principal de exhibición, hasta que fue canjeada por una de las tres columnas del monasterio de Antealtares de Santiago, que se conservaba en el Museo Arqueológico de Madrid.

Y en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid luce hoy sus glorias escultóricas esta nueva muestra de arte, proveniente de la abadía de Sahagún.

 

(Juan Manuel Cuenca Coloma.- Sahagún Monasterio y Villa - Pag42,43,44)

 

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